La elegancia de una minifalda

Se puede y se debe ser elegante sin caer en la sofisticación y en un formalismo apenado y tétrico, ese que también impera en una sociedad que invita a la tristeza a muchos españoles.

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La elegancia de una minifalda

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una conferencia del filósofo Fernando Savater; por supuesto, seguí con atención sus palabras y, en términos generales y como no podía ser menos, estuve de acuerdo con la mayoría de sus planteamientos. No obstante, en determinado momento, hizo alusión a la vulgaridad y ordinariez presente en la política actual, con énfasis en la falta de corrección en la vestimenta que suele caracterizar a personajes y personajillos de la extrema izquierda, y deslizó cierta equiparación con una España alegre y faldicorta, de inequívoco origen en José Antonio Primo de Rivera.

Al finalizar su disertación, me acerqué a él para felicitarle y, al mismo tiempo, expresarle mi discrepancia por la odiosa comparación que había deslizado, y que me parecía totalmente injusta y fuera de lugar; me presenté, naturalmente, como joseantoniano y le argumenté que era perfectamente compatible la elegancia en la expresión, en la palabra, en el gesto y en el atuendo con el empeño de que España estuviera presidida por la alegría y el desenfado, simbolizado en la minifalda. Don Fernando, por supuesto, me dio la razón y aclaró que se había referido en concreto a quienes intentaban, a fuer de progres, escandalizar en marcos que exigían por definición cierta compostura, y que estaba de acuerdo con mi apuesta por la España minifaldera.

En efecto, es preciso establecer una distinción entre alegría y frivolidad a ultranza, entre la risa franca y noble y la trivialidad o el torpe aspaviento de épater le bourgeois de que hacen gala los presuntos revolucionarios a la violeta. También, que se puede y se debe ser elegante sin caer en la sofisticación y en un formalismo apenado y tétrico, ese que también impera en una sociedad que invita a la tristeza a muchos españoles.

La luminosidad de un Sorolla contrasta con la negritud de un Gutiérrez-Solana, y, aunque admiro a los bisabuelos del 98, pongo mi apuesta por el optimismo de quienes fueron sus bisnietos, que pretendo seguir en lo esencial; claro que la luz que impera en los cuadros del pintor valenciano no tiene por qué ocultar la crítica que se desprende de las figuras y situaciones del madrileño, reflejo de una España cariacontecida por su pobreza y falta de alientos.

Volviendo al tema expresado por Savater, lo que está ocurriendo en la actualidad es que se dan la mano el plebeyismo y la vulgaridad con la acidez y acritud de los discursos de los políticos. En palabras de Ortega, vivimos una especie de democracia morbosa (es decir, enferma), en la que hemos llegado al imperio indiviso de la descortesía. Vale la pena recordar sus palabras al respecto:

Nuestra raza valetudinaria se siente halagada cuando alguien le invita a adoptar una postura plebeya, de la misma suerte que el cuerpo enfermo agradece que se le permita tenderse a su sabor.

Y seguía diciendo don José Ortega:

La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma de derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad.
Mucho me temo que en ello estamos inmersos, y de ahí la ausencia de elegancia.

Digamos también que puede haber diversas formas de llevar una minifalda; comparemos, teórica o visualmente, el abismo que existe entre aquella que es portada con estilo, con finura y gentileza, la que suscita la admiración de los viandantes sin expresión alguna de grosería, y aquella en que se ha embutido una mozuela choni, descarada y provocativa, que solo tiene la misión de mostrar al público carnes generalmente aquejadas de celulitis.

El primer tipo de minifalda es la que queremos que vista España, abierta de la libertad y a la justicia, la que inste a la sonrisa amable y al piropo gentil de propios y extraños. La segunda es la que impera, reflejo de la falta de elegancia de que se lamentaba Fernando Savater en sus palabras: la reñida con la belleza y la apostura (y, a veces, incluso, con el agua y jabón); la de la descortesía y la ordinariez.

Me duele también comprobar a diario -a juzgar por las noticias- que esa falta de elegancia natural es común a las ciudades y a los pueblos; alejo de mí aquella imagen idílica que don José M.ª de Pereda otorgaba a las sociedades rurales, que cada vez están más asimiladas al asfalto de las urbes; como decía García Serrano, la civilización nos ha llegado al bajovientre. Incluso, dudo como joseantoniano de aquella atribución al pueblo español de depositario de “buenas cualidades entrañables”.

Tampoco exageremos… Parte de nuestro pueblo -no todo-, en todos los rincones, adolece hoy por hoy de ese mismo morbo -en término orteguiano- de vulgaridad, plebeyismo y ordinariez, que, como toda enfermedad, es susceptible de remedio médico, esperemos que no traumático. De ahí que, en frase proverbial, algunos de sus representantes hayan sido bien elegidos por los electores.

 Dicen que el próximo día 23 las urnas pueden cambiar algo el panorama. De todas formas, yo confío más en la Educación, con mayúscula.




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