Acudamos a lo eterno

Habrá que tirar por elevación, y, como en los versos calderonianos, acudir a lo eterno.


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Acudamos a lo eterno

Lo que pone Calderón en boca de Segismundo… Por lo tanto, no voy a dedicar este artículo a un análisis más del resultado de los comicios del pasado domingo, pues doctores tiene la Iglesia, entre los que, por supuesto, no me encuentro; victorias pírricas y posibles nuevos pactos contra natura pertenecen al campo de la política, y un servidor prefiere aventurarse en el de la metapolítica, que es algo distinto. Solo diré que las referencias históricas son inevitables: en cuanto a la derecha, aquel triunfalismo de la CEDA en febrero del 36: «¡A por los trescientos!», y con respecto a la izquierda, aquello de Churchill en cuanto a «…aliarse con el diablo».

Me voy a permitir centrarme en mis lecturas veraniegas en este apacible reducto salmantino en el que me encuentro y que tanto se parece al glosado por Fray Luis de León en su Oda a la vida retirada. Aparte de alguna excursión inevitable por la literatura de evasión, sin más trascendencia, voy leyendo al alimón dos soberbios libros, que, para compensar lo anterior, invitan a la reflexión, al subrayado, al apunte y a la digresión personal. El primero es una primicia que ofrezco a los lectores de ahora: La participación del pueblo en el poder, con el sugestivo subtítulo de Alternativa al sistema de partidos políticos, del que es autor el catedrático de Derecho Procesal José Martín Ostos (Sevilla, 2023). El segundo es un clásico: La vuelta de los budas, de Jesús Fueyo Álvarez (Madrid, 1973), que, en realidad, es una segunda lectura y revisión personal, y que me ayuda, no solo a meditar sobre la distancia que va de ayer a hoy, sino a detectar mejor prodigiosas intuiciones de su autor que afectan al mundo en que vivimos.

Del libro de Fueyo selecciono ahora un párrafo que incide en mi interés por lo metapolítico y en mi despego (que no descuido ni pasotismo por lo político). Al modo del cuento de Dickens, el protagonista creado por el autor, Erlöser, va recibiendo la visita de ectoplasmas de pensadores y filósofos que le han procedido en sus elucubraciones sobre el ser humano y el mundo que este ha ido tejiendo a lo largo de la historia.

Una de estas visitas espectrales es la de Georges Sorel, y Fueyo pone en su boca el siguiente diagnóstico:

La gran ilusión del siglo XVIII que fue fabricar el futuro es el lecho materno de todas las revoluciones. A lo largo del proceso revolucionario se ha ido produciendo una atrofia creciente de la capacidad de fabulación mítica. Primero avanzábamos hacia la tierra de promisión por la senda del progreso indefinido. Después, por el desplome mecánico de la sociedad capitalista. Yo propuse el desplome activado por la violencia revolucionaria. Más tarde, los totalitarios vieron en el Estado el motor de la revolución. La revolución sigue, desde luego. Ahora está en los espacios siderales (…). La última esperanza de la sociedad es el hombre y la última esperanza del hombre es Dios. Le extrañará que yo diga esto. Sin embargo, en las Reflexiones sobre la violencia, he explicado una y otra vez que el mito revolucionario es un sucedáneo moderno de la religiosidad.

Según esta posible interpretación del profesor Fueyo Álvarez, se hacen vigentes las ideas de Proudhon, de Balmes y de Donoso Cortés de que, en el fondo de todo proceso político, se encuentra un fundamento religioso. También, así, en José Antonio Primo de Rivera. Habrá que buscar, por lo tanto, alternativas para el ser humano y para todas sus construcciones políticas en aquellas propuestas que incidan en hermanar lo inmanente y lo trascendente, lo social y lo económico con lo nacional y lo espiritual, y fundamentarlo todo en una elaboración de nuevo signo que supere la doméstica pugna de los partidos al uso, de la derecha –que niega el presente– y de la izquierda –que niega el pasado y la historia–. Habrá que tirar por elevación, y, como en los versos calderonianos, acudir a lo eterno.

Me figuro que el verdadero Sorel ha podido comprobar –gracias a la misericordia de Dios– lo acertado de la fantasía del profesor Fueyo, y se habrá reafirmado en que toda transformación social debe fundamentarse en ese hombre, digno, libre e íntegro para su trascendencia.

Es posible y necesaria esa profunda transformación de la sociedad, pero deberá basarse en verdades pre-politicas, no pendientes de la opinión ni de las mayorías o minorías que las sustenten. En último término, en ese Dios silenciado y oculto por el liberalismo y negado por el materialismo marxista. La muerte de Dios fue anunciada y proclamada hace ya un par de siglos, pero hemos comprobado que lleva aparejada la muerte del hombre, por mucho que este se afane en buscar alternativas a su soledad.

Máxime en estos días, cuando las ideologías de la corrección política, esos dogmas impuestos sobre los que casi ninguno de los contendientes en las campañas electorales se atreve a pronunciarse en voz alta y mucho menos a contradecir.




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