España otra vez en la encrucijada

Y por ello, para no caer en la trampa o en la indiferencia, hace falta seguir firmes en la intención de voto.

Publicado en el núm. 153 de Cuadernos de Encuentro, de verano de 2023.
Editado por el Club de Opinión Encuentros. Ver portada de Cuadernos en La Razón de la Proa.

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España otra vez en la encrucijada

Muchos pueblos y naciones han vivido horas decisivas en su historia, en las que han tenido que afrontar situaciones excepcionales y en las que de su decisión, en uno u otro sentido, pudo depender el ganar o perder una batalla, tal vez una guerra, e incluso, si no su propia existencia, sí al menos, el sufrir cambios fundamentales en lo político, y económico-social que cambiaran o modificaran gravemente sus costumbres y tradiciones, y en definitiva su forma de vida y su futuro.

De todos son conocidas muchas de esas situaciones descritas especialmente en los relatos épicos de la antigua Grecia o Roma y que si no exactamente veraces, de forma parecida nos han llegado a nuestros días, como la conocida frase de álec jacta est atribuida a Julio Cesar, en la escena de decidir atravesar el río Rubicón límite entre la Roma metropolitana y entrar en la Galia cisalpina con sus tropas, asumiendo el riesgo de hacerlo.

Y no hay que marcharse tan lejos. En nuestra historia casi reciente tenemos el levantamiento del 2 de mayo de 1808 del pueblo de Madrid contra los franceses – que ahora acabamos de conmemorar– que se negó a consentir que tras habernos invadido, los franceses convirtieran España en una tierra sumisa a sus tropelías a capricho de Napoleón.

O algo más reciente, el que media España, también se alzara en armas contra el propósito de la Rusia soviética de convertir a España en una más de la naciones sometidas tras su telón de acero. Dos ejemplos que con otra intención cité en otro reciente artículo, pero que valen para amparar mi convencimiento de que cuando un pueblo lucha para impedirlo gana.

Afortunadamente en España no se trata de un llamamiento a las armas, como ya comenté en ese artículo anterior, sino de una llamada a las urnas.

En este momento en el que la mayoría de nuestra sociedad parece que ha tomado conciencia de la importancia de las mismas, como se ha demostrado el 28 del mes pasado en las últimas elecciones, votando, unos con entusiasmo, otros con la irritación de estar ya hartos de este gobierno no solo por embustero e incompetente, sino también por considerar que los españoles somos idiotas, y en otros, tapándose las narices resignadamente, ha dado el primer paso para su definitiva derrota, porque como decía al principio, y recordando situaciones parecidas no es que lo esté haciendo mal, que lo está, ni que demuestre su ignorancia, que también, sino porque un nuevo triunfo socialista puede ser definitivamente letal e irreversible para nuestra patria y su historia de siglos y también como decía antes, de sus costumbres y tradiciones.

Ahora toca aguantar lo que queda de legislatura, meses en los que el gobierno de Sánchez va a derrochar el dinero que haga falta para convencernos a base de nuevas mentiras, promesas y subvenciones de la bondad de su paso por el gobierno.

Y por ello, para no caer en la trampa o en la indiferencia, hace falta seguir firmes en la intención de voto, aunque sea con los condicionamientos y reservas del mes pasado, exigiendo a los partidos a los que se haya votado, que no metan la pata, que sus respectivos líderes se traguen sus soberbias y ambiciones y que piensen solo en lo que sea lo mejor o menos malo para España y los españoles.

Que humildemente reconozcan sus actuales errores y prometan solemnemente cumplir sus compromisos de derogar todo lo que han asegurado en sus campañas electorales.

Es mucho lo que nos jugamos en estos comicios para titubeos, dudas o agravios personales, no la tuvieron o supieron aparcarlas los españoles del 1808 o del 1936. Y ganaron.




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