SEMBLANZAS

Valiente, inteligente e idealista.

Así consideraba a José Antonio, Salvador de Madariaga en su libro 'España'.

Publicado en Gaceta Fund. J. A. núm. 372 (SEP/2023). Ver portada de Gaceta FJA en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín de LRP.

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Valiente, inteligente e idealista.

Así consideraba a José Antonio, Salvador de Madariaga en su libro España. Ensayo de historia contemporánea. Este español universal, como así lo calificó Sánchez Albornoz, presidente que fue del Gobierno republicano en el exilio. Madariaga, que ocupó el cargo de ministro de Instrucción Pública durante la Segunda República, además de haber tenido otros cargos políticos en ese periodo de tiempo, al estallar la guerra civil, salió de España y se radicó en Oxford donde se hizo cargo de su trabajo histórico y literario.

A este periodo de su vida pertenecen algunas de sus obras más conocidas sobre el imperio español en ultramar, como Vida del muy magnifico señor don Cristóbal, Hernán Cortés y El auge y el ocaso del imperio español en América.

Entre los años 1954 y 1974 fue editada en Nueva York, la revista Ibérica, de periodicidad mensual, y que estaba relacionada, principalmente, con su aversión al franquismo. Desde el segundo año de su aparición, fue dirigida por la socialista Victoria Kent, la que se opuso a Clara Campoamor en el voto femenino, año 1931. En la revista colaboraba Salvador de Madariaga quien dedicó uno de sus artículos a José Antonio Primo de Rivera, con el título Hombres de la historia.

En 1982, Espasa-Calpe publicó un libro, Mi respuesta, que prologa Victoria Kent quien, al mismo tiempo, hizo una selección de los artículos que Salvador de Madariaga había publicado en la citada revista. El que escribió sobre el fundador de Falange, como es poco conocido, es de interés volver a recordar los primero párrafos. Lo publicó en junio del año 1954 y da comienzo con estas palabras:

«No conocí personalmente a José Antonio Primo de Rivera; pero sí indirectamente por la princesa Bibesco, hija del primer ministro inglés Asquito, casada con un príncipe rumano que fue ministro de Rumania en Madrid. Y Elizabeth Bibasco me habló mucho de Primo de Rivera a quien estimaba sobremanera, y hasta me leyó algunas cartas de él que me permitieron hacerme una opinión sobre el fundador del falangismo.

Era, desde luego, inteligente, muy inteligente; y con esa agudeza que tira más al gracejo que a la pedantería. Por este lado, pues, me pareció siempre que a Primo de Rivera le sobraban gracias intelectuales para el oficio de mandamás al que aspiraba. Y aun di en dudar si un hombre que escribía cartas tan finas, agudas y razonables, sentiría de verdad con el corazón ambiciones de mando que quizá sólo le bullían en la cabeza.

Sin conocerle, tuve hacia él cierta simpatía nacida de esas cartas suyas a la princesa Bibesco; y cuando Eugenio Montes me llamó al teléfono desde París a Londres para pedirme que interviniera a fin de salvar la vida a Primo de Rivera mediante un canje con un hijo de Largo Caballero, hice todo lo que estuvo de mi parte cerca de las autoridades, que acogieron mis gestiones con un sentido muy humano. Fue muy de lamentar que fracasáramos todos en salvar a un hombre que quizá hubiera podido hacer cambiar el rumbo de la historia de España si hubiera vivido. Lo digo con la tranquilidad de un ánimo imparcial porque no sé a quién procede colgarle esa tremenda sensatez.

El testamento de Primo de Rivera y los papeles que dejó, redactados en la cárcel de Alicante, prueban su elevación de miras y su desinterés. Aunque haya que diferir de medio a medio de sus ideas para salvar a España, no cabe dudar de su buen deseo y de la pureza de su propósito. En su testamento figura este párrafo que le honra: "Que esta sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla. Ojalá fuese la mía la última sangre que se vertiera en discordias civiles". ¡Qué hubiera dicho de la sangrienta represión que sirvió de siniestro epílogo a la cruenta guerra!

En el guion político que redactó en la cárcel, Primo de Rivera se revela conciliador y prudente. Resumiendo, su actitud para con la guerra civil, escribe: "Salida única: La deposición de las hostilidades, y el arranque de una época de reconstrucción y económica nacional, sin ánimo de represalias, que haga de España un país tranquilo, libre y atareado". En su programa político figura en primera fila una amnistía general y la formación de un gobierno presidido por don diego Martínez Barrio, y en el que no figuraba un solo militar. Los ministros eran Sánchez Román, Melquíades Álvarez, Miguel Maura, Portela, Ruiz Funes, Ventosa, Ortega y Gasset, Indalecio Prieto, Viñuelas y Gregorio Marañón…».

Sería la primera vez, muy posiblemente, que Madariaga se refiere a José Antonio en un escrito, pero tampoco la última. En 1976, Editorial Planeta publicó Casi unas memorias de Dionisio Ridruejo cuyo prologó lo escribió Madariaga, quien, entre otras cosas, dice:

«Poeta más que otra cosa fue en el fondo Ridruejo. Y Primo de Rivera, prototipo y modelo de lo que iba a ser Dionisio. Pese a los discursos y manifiestos, José Antonio fue un poeta que vio en sueños una España tan bella como irreal, y que impaciente, quiso ponerse a forjar el instante, Dionisio fue un soldado en la «falange» que quiso alzar José Antonio para «salva» a España. Sería y pudo haber sido muchas cosas; pero esta falange de José Antonio se veía a sí misma siempre idealista y sin tacha».

El 14 de diciembre de 1978, Salvador de Madariaga falleció a 92 años en la localidad suiza de Locarno, después de haber estado exiliado de su patria al estallar la guerra civil española, aunque volvió a España, en abril 1976, pero no definitivamente ya que su residencia la tenía en la ciudad donde falleció. En julio de ese último año, con motivo de su 90 aniversario, la ciudad de La Coruña le tributó un homenaje inaugurando una calle que lleva su nombre.

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